26/09/2011

La casa

Si la gota de agua vence la roca, ¿qué harán las goteras con mi casa? Toda ella está hecha de libros amarillos con páginas perdidas en el clímax, de revistas viejas y recortes. Está hecha de un blues suicida y una ranchera deshauciada, de boleros canallas y machistas. Tiene un dejo de paipadentro y un aliento a vino y a cerveza. Añeja, como el bourbon, tiende líneas telegráficas con la infancia, con los palos de guayaba que recuerda y añora, melancólica de tan poca sombra, de ninguna hoja atascada en sus canoas. Está hecha de una numismática barata que ha ido amontonando colones y céntimos, junto a chapas y corchos, conchas y medias sin par. Está constituida por tablones y rectángulos de una madera que se duele todavía evocando el bosque y que por eso se pandea, se astilla, se resquebraja, se pudre, se mancha; y como un canario en una jaula deja de cantar, de a poquitos. Tiene colgando un móvil que resoplo, una cocina verde, un coffe maker manchado, un control remoto con pilas bajas, un tornamesa anclado en el bómboro, quiñá, quiñá. Es una casa hecha de acetato y polvo, de fotografías en donde se aparecen muertos, de espejos que no te recuerdan, de sombras que se pasean y me acarician, me cobijan, me quitan los zapatos y los anteojos, aflojan los bombillos, las latas de zinc, me esconden las llaves. Las tuberías dejan estancados los olvidos, que no salen, que no huyen a vomitar recuerdos. Las mesas, que fueron carretes de cable, adolecen de portavasos y portabesos y cenas familiares. Hay calzones que olvidaste y aretes que dejaste como ofrenda. Hay juguetes a medio romper y botellas a medio vaciar. Hay un habitante que la deshabita, que reacomoda los muebles cada navidad, que concede su estatura y se vuelve caracol para llevarla consigo, la anima a desvanecerse, juntos los dos desaparecer, vencidos por una gota de agua. Que si vence la roca, qué no hará con un poema triste escrito en una servilleta.

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