21/10/2011

Cartografía inconclusa

He cruzado La Pampa creyéndome hijo del Capitán Grant. He cruzado La Patagonia como un pingüino extraviado. He cruzado los dedos debajo de las mesas de La Vasconia y La Chicha adonde vos sonreías tonteras y suspirabas con versos que tomaba prestados.
He estado en la ausencia fría y roja del desierto de Puna y en el verdor casi insostenible de la selva, del Braulio Carrillo, de Corcovado. En la hondura coralina de Puerto Viejo y en la sed que golpea despacio Guanacaste, saciándose de costa a lengüetazos. He escuchado el barullo de la Garganta del Diablo en Iguazú, de una guitarra malencordada en La Boca, de la sorococa y las campanillas de las ranas en Rincón de Osa. He aprendido a tomar cerveza en Panamá y a orinarla en las escuadras de los edificios de La California. A mirar los atardeceres en Dominical haciendo combustión espontánea.
He subido lentamente en cablebus, imaginando que los techos rojos de los tugurios de Medellín son acaso manchas de nacimiento entre tus tetas. He conocido el lado del frío que hace a las cosas azules y les da escala monstruosa, de pesadilla tallada en el hielo. Me asomo desde todos los aviones, como un sanbernardo peludo y jupón, para ver el Amazonas serpenteando, las minas de sal de Bolivia y de Salta, y un paisaje que se llena de pequeños cráteres con agua y nieve, desperdigados como confeti de avenidazo. He estado donde el norte es una representación tan amplia que es como decir: los otros. O peor aún: los que fuimos.

Me ha despeinado el viento
que atraviesa Los Andes
como flechas mapuches
Y tus manos
que atraviesan mi alma
como flechas mapuches

He estado en un aguacero de Coronado que ha durado años: cuando te fuiste. Y entre tus piernas, bajo el edredón azul, como un glaciar sobre el infierno: cuando te venías: en esa manera del agua de callarnos a baldazo limpio, a golpe de hacha derribarnos cada palabra, talarnos los ojos para que rompan las ventanas y veamos llover y seamos el aguacero mismo.
Lo sabe Caronte: he ido y vuelto, pero solo intento llegar, echar mis anclas, quemar los puentes, olvidar adrede -con este despropósito- mi pasaporte vencido: quedarme adonde vos -en esa isla misteriosa, ese argumento de Julio Verne, esa carta de Humboldt, esa sospecha de Stevenson- guardás una sonrisa que sacás a pasear por mi cuerpo, espabilando mariposas, injertándome en la nuca y en los brazos piel de gallina y entre las piernas un asombro que no se apaga nunca, infinito como los libros de arena de Borges.
Sí, esa sonrisa que te surca justo ahora, precisa, seductoramente.

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