En las películas, cuando dos quedan de verse en un café siempre ella está revolviendo la taza, dando el primer sorbo o tanteando con los dedos la musicalidad de la mesa. Un dedo, otro y otro. Ella estaba así cuando yo entré desempañando los anteojos con la camiseta mojada: tanteando la musicalidad de aquel piano de formica con mantelito de flores y forro plástico. Tenía un cigarro recién prendido y una marca de labios rojos en la taza de café con un Colacho saludando desde su trineo mientras cae nieve, ideal para estos días de temporal de octubre. Me voy a ir, dijo. Yo pensé en un vámonos. Sola, dijo en seguida. Yo medio miraba la nieve, los cachetes colorados, la barba cana, la sonrisa casi siniestra. Una gota de café manchó el dibujo y la volví a mirar: se mojaba los labios y dijo adiós dos veces como quien se desvanece de repente, chas chas, delante de uno, al abrir de una sombrilla.
Las películas tienen guionistas y los guionistas siempre saben qué decir en todo momento, no como los miopes tiritando de frío empapados como perros. Recuperar a la chica. Besarla. Final feliz. Pero esto no termina así. Termina en un plano largo, desde la acera de enfrente, ella sale con su saco azul, una sombrilla se abre y sale de plano, la cámara se acerca en travelling lento, lentísimo. Yo sigo de pie mirando una taza medio vacía, una silla vacía. La silla sale de plano, luego sale de plano la taza, la cámara enmarca la nariz y los anteojos, luego solo los anteojos, como si intentara quebrarlos.
Enfoca en mis ojos.
Chas chas.
Todo se quiebra.
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Es curioso, por que cada vez que me siento a tomar un café mientras espero a alguien, me imagino que es una película... especialmente si es en chepe....
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