Las lagartijas transparentes se pasean señoriales por mi casa. Se pavonean orgullosas de su vientre incoloro, de su manera de driblar el vértigo, de extender sus miembros eternamente, de guiñar con cuatro párpados. Me sacan la lengua… ok, todo bien. De reojo las miro ocultarse detrás de las tapas de los discos, detrás de las persianas o quedarse detenidas, exhibicionistas, al otro lado de los cristales de la ventana sucia.
Las lagartijas me sacan la lengua y yo se las saco de vuelta, por ende. No creo que mi actitud tenga tintes infantiles, pues ellas empezaron. Y así nos llevamos: ellas entran sin pedir permiso a mi casa a ver mis juguetes de cocodrilos, como en una peregrinación no menos absurda que a La Negrita en Cartago, y quedan absortas cuando pongo sobre la mesa recortes del funeral de Pocho, con Chito llorando, y música cajún del Misisipi.
Ahora mismo sé que me miran desde las hendijas: siento sus ojos -rojos como un salpullido en la oscuridad- llenar los resquicios adonde ya no cabe más polvo, más pelos, más monedas de a colón. Hablan de mi novia, de cómo debería llevar mi vida; me juzgan, lo sé, desde su anónima condición invisible, casi eterna, mientras yo las espío al borde de las cobijas, de la madrugada, de la locura.
Por las celosías se cuela el viento frío del este. Sé que viene del este porque les saco la lengua de cuando en vez. Y las lagartijas responden, con desprecio, acechando invisibles.
26/10/2011
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