18/10/2011

Melmac

Merecimos esta y todas las derrotas. Más expulsados y más autogoles. Más muelas rotas, la mirada astigmática y miope. Diluir todos los besos en whisky barato y putas caras. Quebrarnos los huesitos de la suerte de la pelvis. Merecemos la panza, la calvicie, la gastritis. Merecemos que nombren los arcoíris que no alcanzamos a ver por despistados, que se nos escapen los estornudos, nos mordamos la lengua, nos pellizque la bragueta, nos deje el último bus de Dulce Nombre. Merecemos películas dobladas en España, comer pizza y pollo con cubiertos. Merecemos más libros de autoayuda y “nuevas” “canciones” de Maná.
El peso de la culpa hunde los resortes de la cama, afloja las tablas del piso, desencaja los ojos en las cuencas. El peso de la culpa quiebra las costillas, hunde los botes que bautizamos Hemingway. Nos hunde. Como una olla de concreto al cuello de los soplones.
Hemos merecido quedar varados en esta isla sin Guilligan, en esta hora pico, en esta calle de San Telmo sin choripan ni Quilmes. Hemos merecido añorar, como idiotas, el regreso a Casiopea tanto como a una entrepierna adolescente. Merecemos menos orgasmos y menos lunes feriados. Merecemos menos felicidad de la que nos pone camanances en los cachetes y birras en la mesa. Y alegrías tontas como encontrar plata en pantalones viejos y versos entre sueños mojados. Merecimos no volver jamás a Melmac. Y henos acá, sin querer queriendo.

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